Jueves, 13 de diciembre de 2018

Refinerías: ¿camino certero o desacierto?

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La apuesta de la administración morenista por la renovación de refinerías pasa por alto factores históricos y tendencias que pueden comprometer su efectividad.

Fuente: Forbes/CNIH/IPN

Por Marcelo Ortega (IQP) | 03 de octubre de 2018

Desde el inicio de su campaña, AMLO dejó muy en claro que su visión para el sector energético mexicano era incompatible con el proyecto de la actual administración priista. Si bien las críticas a la reforma de su antecesor han ido menguando desde que se le declaró presidente electo, la propuesta de López Obrador sigue abogando por un enfoque energético nacional y público, en contraste con la anterior búsqueda del involucramiento del sector privado.

Junto con Rocío Nahle, su predilecta para liderar la Secretaría de Energía, AMLO ha declarado constantemente que su apuesta principal es por la refinación de hidrocarburos dentro de territorio nacional. Los morenistas plantean la remodelación y reconfiguración de las refinerías actuales y la construcción de una nueva más grande, o inclusive dos de producción mediana.

La labor que realiza una refinería es la misma que la de cualquier planta química: transformar materia prima en un producto con mayor valor. En este caso se toma el petróleo crudo, que no tiene una utilidad práctica por sí mismo, y se separa en sus distintos componentes para obtener una diversidad de productos. Los derivados de petróleo, como se le llama a los productos de la refinación del crudo, varían desde asfaltos hasta lubricantes. La mayoría de ellos puede clasificarse como combustibles, por ejemplo las gasolinas, el diésel y el combustible utilizado en los jets.

El sistema nacional de refinerías (SNR) cuenta con seis refinerías ya instaladas localizadas en zonas estratégicas de distribución. Algunas de estas instalaciones llevan más de 100 años de operación, y la última de estas refinerías finalizó su construcción en 1979, hace poco menos de 40 años. A lo largo de los años se han realizado proyectos de mejora y aumento de capacidad en estas instalaciones; sin embargo, desde que dejamos atrás el ‘boom petrolero’ de los 80s, estos esfuerzos han decaído drásticamente. Tal es el caso que, en 2014 se registró una capacidad instalada para procesar 1600 barriles de crudo al día, una disminución de 5% de lo reportado en 1990. Aunado a esto, actualmente las refinerías solo trabajan a un 40% de su capacidad; este es un dato que confesó la misma administración morenista.

Es fácil notar que la inversión para poner en marcha estas seis refinerías a su capacidad máxima sería considerable, incluso sin tomar en cuenta que una mayor inversión no garantiza la rentabilidad de la refinación nacional. Un estudio hecho por Daniel Romo, investigador de mercados petroleros del Instituto Politécnico Nacional (IPN), demostró que desde 2006 hasta 2014 se invirtieron 3,623 millones de dólares en el proyecto de reconfiguración de la refinería de Minatitlán. A pesar de esta inversión y el aumento de 122% de la productividad de Minatitlán, se reportó una pérdida en la utilidad neta de refinación de 7,700 millones de dólares anuales.

En cuanto a las posibles nuevas refinerías, Nahle ha afirmado tendrían un costo de 6,000 millones de dólares y su construcción se finalizaría en tres años. Sin embargo, distintos analistas consideran que esta proyección es conservadora y el costo podría elevarse al doble si se toman en cuenta retrasos típicos de proyectos de infraestructura en América Latina. Como referencia a este patrón, la nueva refinería de Petrobras, el equivalente brasileño de Pemex, en Abreu e Lima tuvo cuatro años de retraso.

En la inmediatez, la inversión propuesta por AMLO responde a aumentar la producción nacional de gasolinas, debido a que actualmente se importa más del 50% de la demanda nacional de este combustible. Pero a un mediano y largo plazo esta apuesta se enfrenta a la realidad de los recursos nacionales y la disrupción del sector automotriz provocado por tecnologías emergentes.

De acuerdo con el Centro Nacional de Información de Hidrocarburos, la producción de crudo ha disminuido en 44% desde el 2004 cuando se alcanzaron máximos históricos. Asimismo, las reservas probadas de hidrocarburos en territorio mexicano se han reducido en más de la mitad desde ese mismo año. Dichos datos proyectan un escenario en el cual podríamos enfrentarnos a escasez de crudo nacional y por ende de gasolina. Se comenta que esto debería servir de alarma para que dentro de los futuros planes de la nación se considere el desarrollo de tecnologías y combustibles alternos.

Por otra parte, en una perspectiva global, la tendencia futura del sector automotriz es alejarse del consumo de combustibles fósiles. El Panorama de Vehículos Eléctricos publicado este mismo año por Forbes, predice que los costos de producción de carros eléctricos serán competitivos con los de los autos convencionales en 2024. Esto conducirá a que, en 2040, 55% de los nuevos autos vendidos sean eléctricos y que la flotilla global de transporte se componga en un 33% de estos vehículos. Países como China e India han notado esta tendencia y ya se han antepuesto metas ambiciosas para adoptar estas tecnologías emergentes. Mientras tanto, México no parece tener un plan conciso para afrontar los requerimientos de esta nueva industria.

Los altos costos para revitalizar las refinerías mexicanas, la diminución considerable de los hidrocarburos del país y el auge de vehículos eléctricos pone en tela de juicio la viabilidad del proyecto del sector energético del presidente electo. Si bien se requiere reducir las importaciones actuales de gasolina, una apuesta de lleno por más refinerías públicas resultaría sumamente costosa y podría dejarnos vulnerables en el largo plazo.

 

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