Viernes, 16 de noviembre de 2018

Redescubriendo: ¿Cómo se percibe la pobreza en la sociedad mexicana?

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Redescubriendo la cotidianidad mexicana

¿Cómo se percibe la pobreza en la sociedad mexicana?

Por Aleida Ortiz (IFI) | 18 de octubre de 2018

Durante los últimos siete años de mi vida he participado como voluntario en diversas causas, desde bancos de alimentos hasta programas de reinserción social. Con el paso de los años uno va volviéndose más meticuloso, más observador y más crítico en cuanto a realidades sociales y los retos que implican las condiciones socioculturales y económicas. Pero uno también se hace más consciente de la otra cara de la moneda: del aspecto ególatra y a veces oscuro de las personas que operan en estas causas .

Desde que entré a la preparatoria he sido alumna becada, lo cual a lo largo de los años siempre ha sido fuente de mi agradecimiento por la oportunidad de estudiar. Durante mi infancia y juventud temprana jamás me consideré a mí misma como alguien pobre, y aunque mi colonia aparecía constantemente en periódicos como Nota Roja, pensé que era algo normal; mi contexto particular se volvió lo que creí que era la totalidad de lo real.

Conforme me fui adentrando al mundo del voluntariado me di cuenta no sólo de realidades similares, sino también de la opinión que se tenía de estos contextos. Me percaté de que muchos voluntarios percibían a los habitantes de colonias vulnerables como una masa homogénea, donde todos compartían el mismo nivel de pobreza y oportunidades. Se sorprendían cuando les contaba que viví en la colonia Independencia (una de las más antiguas de Monterrey), y más aún cuando les comentaba sobre el contraste que hay en esta colonia, donde algunos vecinos no tienen para comer mientras que otros tienen casas muy arregladas y se pueden pagar viajes varias veces al año. No me creían que pudiera vivir ahí y estudiar en el Tec, y mucho menos que hubiera esta clase de contrastes.

Recientemente he visto campañas que nos invitan a sentir la pobreza, en un intento de sensibilizar a las personas sobre este fenómeno. Pero aquí es donde les pregunto: ¿se puede sentir la pobreza? ¿Es posible sentirla dándole una bandeja de comida a una persona en la calle y compartiendo la historia en redes sociales? ¿Se puede sentir la pobreza haciendo algunas horas de voluntariado como requisito de servicio social? ¿Compartiendo contenidos en redes sociales? Mi respuesta es contundente: no se puede sentir la pobreza con esa serie de banalidades. No cuestiono que estas acciones producen un beneficio -cuando menos inmediato- pero sí desapruebo de la actitud que se puede tomar ante la pobreza. Corremos el riesgo de caer en la superficialidad en estos supuestos acercamientos a otras realidades.

El problema va más allá de dejar una reacción de tristeza en Facebook a fotografías de niños pidiendo limosna. Se vuelve un problema aún mayor cuando se llega a romantizar la pobreza, cuando confundimos las historias de supervivencia con las historias de superación personal. Por ejemplo, hace tiempo leí la historia de una persona que caminó toda la noche para poder llegar a su primer día de trabajo. El caso se hizo viral en redes sociales y le regalaron un vehículo para que pudiera transportarse. Las personas, felices porque se solucionó el problema de esa persona, pudieron seguir compartiendo ‘memes‘ sin sentir culpa.

Sin duda es bueno que se haya ayudado a esta persona, pero de poco sirve solucionar problemas particulares si la causa general continúa. Esta semana es la historia del trabajador sin transporte, la siguiente será la de la señora que no tiene para pagar el tratamiento de cáncer o de la niña que trabaja para pagar sus estudios. Romantizamos estas historias entre las cuales, irónicamente, sólo unos pocos desafortunados serán lo suficientemente afortunados como para captar el interés de las masas de internet y recibir ayuda para su caso particular. A veces siento como si la supuesta sensibilización que tanto se ha buscado incluir en los programas académicos de las universidades fuera más para calmar la consciencia de los privilegiados que para ayudar a los afectados. No se trata de ayudar a las personas para que dejen de causarnos culpa, se trata de ser empáticos y atender los problemas reales.

Los programas sociales elaborados suelen atender mejor estas problemáticas, pero tampoco están libres de peligros. Una razón por la que he notado que muchos fracasan (quizás no cierren, pero no tienen el impacto que deberían) es por la falta de empatía de los voluntarios con quienes ayudan. Muchas veces se cree que los privilegiados tienen la respuesta definitiva y no se molestan en consultar el contexto ni en tratar de entender a los afectados. La gente que vive en estos contextos puede tener necesidades diferentes según las mecánicas sociales. Concluyo que, para poder realmente aspirar a ayudar, a veces se requiere más que un like o un plato de comida; necesitamos empezar por escuchar.

 

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