Martes, 18 de junio de 2019

Pretty Guilty

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and my mommy.

Por Ana Paulina Valencia Rubio

Mi mamá es mejor que la tuya. De hecho estoy muy segura de que mi mamá es mejor que todas las mamás del mundo y tanto es así que he decidido dedicarle esta columna; se la dedico también a todas las demás mamás, por aquello de que el día de la madre está cerca y porque estoy enferma y la mía me prohibió ir a la escuela. ¿Ves? Mi mamá es mejor que la tuya.

Como homenaje a la mujer de la que heredé los labios, la sonrisa y la cintura —porque no nos parecemos en nada, lo cual explica que mis hermanas sean más bonitas— mencionaré algunas recomendaciones de vida que me dio y en las que creo firmemente. Sí. Estoy publicando la sabiduría de la familia y lo que considero son armas muy poderosas; úsalas bien.

Primera lección: Que te guste no quiere decir que se vea bien.

Aún a los seis años yo era experta en ignorar de manera olímpica sus consejos. Iba a ser mi fiesta y yo quería comprar —sí, al escribirlo estoy autorizando que te burles— unos pantalones de cuadritos naranjas y una blusa exactamente del azul incorrecto para ese naranja, porque en mi mente de primero de primaria eso me haría ver increíble. Ella intentó evitarlo, yo impuse mi voluntad de niña diminuta. Todas las fotos de esa fiesta fueron quemadas cuando las descubrí unos años después.

Segunda lección: Siempre sé la última en llegar y la primera en irte.

Brillante. Siempre déjalos queriendo más. ¿Qué puedo decir? Al parecer mi madre es un genio del coqueteo sutil, aún habiendo encontrado al hombre de su vida a los 16 años.

Tercera lección: No le llores a tu novio en el teléfono.

Muy básico: te ves patética. Gracias. Es mi consejo para todos ustedes, también. No importa si estás a punto de perderlo y es tan guapo que no ha terminado de ser guapo cuando ya comenzó a ser guapo de nuevo. No. Debes mantener un estado permanente de adorabilidad y compostura.

Cuarta lección: Te tratan mal porque te tienen envidia.

Oh. La autoestima… ¿ahora comprenden? Pero sí, en esa situación era verdad.

Quinta lección: Compórtate.

Cada vez que salía. Cada una. De hecho, hasta el día de hoy me lo dice cada vez que salgo y mis hermanas y yo hemos desarrollado una respuesta automática maravillosa que hace referencia a nuestra absoluta incapacidad de no comportarnos. Nosotras, siempre tan buenas.

Sexta lección: Si te caes: ríete.

Esta pertenece a toda una serie de circunstancias hipotéticas en las que el resultado siempre debía ser reír, y creo que fue inventada por mi bisabuela. Siempre funciona, y sobre todo porque tengo una propensión preocupante a caerme, tanto que me hice un esguince en el pie derecho caminando con botas planas. ¡Algún defecto tenía que tener! (Ver cuarta lección).

Podría seguir por páginas y páginas con todo lo que me enseñó, pero creo que la idea ha quedado clara. Cierto, ella me vistió con una especie de jumper de bolitas que reclamaré hasta que yo cobre venganza con mis hijas y jamás olvidaré que en quinto de primaria no me dejó ir a una fiesta, pero esta es la misma mujer que con un código postal averiguó donde vivía el niño que me gustaba solamente para que pudiera ver la casa, me prohibió comprar zapatos brillantes de niña —jamás podré agradecerlo lo suficiente— y me dejó ir a una ciudad muy lejana porque sabía que eso me haría feliz. ¿Ves? Mi mamá es mejor que la tuya.

P.

a

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