Los millennials y el arte de cuestionarse: El occidente

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Mónica Salinas (LRI)

El occidente se ha caracterizado por sostener valores ligados a la posesión. La materia, en todas sus formas, se ha vuelto algo no solo importante sino necesario, manifestándose en aumento a través de los años. Si bien siempre ha sido imprescindible para sobrevivir y para entendernos a nosotros mismos, el mundo material se ha convertido en objeto de culto. Un objetivo por el cual es válido idealizar y desgastarse hasta percibir que lo tenemos entre las manos. La cúspide de este mundo material y observable reside en la mayor acumulación posible y la tragedia más grande, cuando se nos resbala entre los dedos.

Es imposible sobrevivir en esta tierra, en este año, si uno no se adapta al sistema que nos rige. Que es, si observamos bien, el mismo que nos viste, nos entretiene, nos forma y nos deshace. Nos despoja de todo activo que implore salirse del círculo que nos han dibujado con cinta en el piso. Esos activos son nuestros mejores dones, nuestro punto culminante como seres humanos. Se balancean en la delgada línea de la decisión, entre estar arriba y estar abajo. Entre hacerlo o no hacerlo, entre ser o no ser eso que queremos, que soñamos. Entre dar o no dar el único apoyo sincero del cual somos capaces de brindar. Tenemos instituciones bien formadas y religiones establecidas, reglas y compromisos con nuestros padres. Somos todo eso que se espera que seamos, ¿y qué pasa con lo que nosotros queremos ser? ¿A dónde se va cuando morimos? ¿y cómo se esfuma? Todos nuestros dones y sueños se esfuman y se desmoronan al morir, si no los hemos construido en vida. Lo que vivimos vive, y lo que soñamos despierta cuando nos atrevemos a buscarlo.

Vive, deja vivir y sé tan feliz como puedas. Que lo material y los títulos vengan en segundo plano. Esfuérzate por un sueño, y no por lo que conseguirás con eso, que eso vendrá después.

Deja vivir, ama y deja a los demás amar lo que aman. Sumérgete en su cultura, platica, entiende, llora con los que lloran y alégrate de las alegrías. Cree en algo que te motive y alégrate de lo que motiva a los demás a seguir viviendo en este mundo lleno de muros, velos y caras largas, porque cuando uno se alegra, los muros se convierten en puentes, los velos en paliacates y las caras largas en sonrisas. Déjate a ti mismo amar lo que amas antes de que sea demasiado tarde, y pon atención a los consejos que das a los demás, probablemente solo seas tu hablándote a ti mismo en el pasado.

En una sociedad donde se valora el conocimiento y no la sabiduría, y el arte y la cultura son socavados, preferiría la locura de las pasiones a la alienación de la indiferencia.

“Most importantly love, like its the only thing you know how at the end of the day all of this means nothing, this page, where you’re sitting, your degree, your job, the money, nothing even matter except love and human connection who you loved and how deeply you loved them how you touched the people around you and how much you gave them.” – Rupi Kaur

1 comentario

  1. Tuve un profesor, de esos profesores que trascienden a las paredes del aula y se convierten en profesores de la vida, que nos dijo: “lo peor que te puede pasar es que algo se te convierta en todo”. Que algo se te convierta en todo. Que nos amueblemos la casa del cerebro con un montón de ideas, y esas ideas se conviertan en nuestra máxima de vida. Que nos creamos que el capitalismo es todo. Que el consumismo es todo. Que la posverdad es todo. Que la crisis, que la depresión, que el millenialismo es todo. Cuando le pregunté, “profesor, ¿qué hago con los muebles que existen en la casa de mi mente? ¿cómo puedo dejar de creer en lo que siempre he creído?”. Sigo procesando la respuesta. “Queme la casa, amiga. Usted no necesita ni la casa ni los muebles.” Somos arquitectos de nuestras propias vidas. Saludos, buena columna.

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