Jueves, 13 de diciembre de 2018

Juegos de poder: Heridas abiertas

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Salvador Iturbide Rojas (LEC)| 10 de octubre de 2018

Estimados lectores, la historia es la compleja crónica de los hechos del pasado, con todos sus matices y contradicciones, cuyos protagonistas cobran relevancia en distintas etapas de la vida púbica; independientemente de si fueron los vencedores o los vencidos, son quienes generaron un impacto social, para bien o para mal.

Sin embargo, quienes encabezan la política en la actualidad pretenden alterar o simplemente negar la historia, por el simple hecho de que una persona no es digna de aparecer en la placa conmemorativa de una obra pública si fue uno de los perpetradores de un acontecimiento trágico para la nación.

A raíz de los acontecimientos del movimiento estudiantil de 1968 en México, que culminaron en la tragedia de la masacre de Tlatelolco el 02 de Octubre de 1968, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, José Ramón Amieva, ordenó el retiro de una serie de placas que rezaban el nombre de Gustavo Díaz Ordaz, principal responsable de la matanza. Las placas aparecían en varias estaciones del Metro, instaladas desde el momento de su inauguración; el argumento del alcalde para removerlas fue que la conmemoración del antiguo presidente “representa un culto a la personalidad y no a la realidad histórica. La placa no representa el sentir ni de los jóvenes de esa época, ni de ésta”.

En Monterrey, el Frente Nuevo León y el colectivo “9 de Marzo” pidieron el retiro del nombre de Díaz Ordaz de una avenida; a su iniciativa se sumó el síndico del cabildo de Santa Catarina, Rafael Hernández, que propuso cambiar el nombre de la calle. La justificación para esta propuesta fue que “el expresidente llenó de deshonor no sólo al ejército, sino también a la nación, pues […] se declaró personalmente responsable de la masacre que ordenó el 02 de Octubre”

Este tipo de acciones no son exclusivas de México; en España, el presidente Pedro Sánchez presentó una iniciativa de exhumación de los restos mortales de Francisco Franco, militar que gobernó al país de manera dictatorial por 40 años. El argumento que Sánchez dio para esta decisión fue que “los restos mortales de Franco se encuentran en un recinto dedicado a las víctimas de la guerra civil española…”, y agregó que “el valle de los caídos no puede ser un lugar de reconciliación, debe de ser un cementerio civil”.

En Chile, la alcaldesa de una comuna denominada Providencia aprobó, junto con el consejo municipal, el cambio de nombre de una calle; en lugar de llamarse “11 de septiembre” – en referencia a la fecha de un importante golpe militar – pasó a ser denominada “Nueva Providencia”. El motivo fue que los ciudadanos “queremos dejar atrás un duro episodio de nuestra historia nacional”.

Ni cambiar los nombres de las calles ni quitar monumentos o placas alusivas a Gustavo Díaz Ordaz hará que los muertos resuciten y se haga justicia automáticamente. El simple intento es un síntoma de que la herida sigue abierta a 50 años de lo ocurrido el 2 de Octubre de 1968.

La sociedad tiene el derecho y la responsabilidad de conocer todas las dimensiones de la historia; insistir en una narrativa de héroes y tiranos es infantil y burda.

La mejor manera de hacer memoria histórica es conocer de manera clara y objetiva lo que sucedió, aprender de los errores para no repetirlos, y sancionar los delitos contra los derechos humanos cometidos en el pasado, con justicia en la medida de lo posible, dada la distancia transcurrida de los acontecimientos.

Documentar los hechos acaecidos y tomar consciencia sobre sus consecuencias es la clave para cerrar un ciclo de heridas que, hasta ahora, no han cicatrizado. No se puede curar las heridas echándoles tierra encima, quitando placas, cambiando nombres de calles para “superar”; cerrar los ojos al pasado no lo hace inexistente.

El intento de modificar las cosas para que todo sea políticamente correcto, cuando en realidad es imposible negar y/o ocultar todo lo malo, bueno o feo que ocurrió en cada etapa de la historia resulta absurdo e inútil, ya que lo hecho está y no hay forma de cambiar el cauce histórico.

El conocido refrán, “Quien no conoce la historia está condenado a repetirla”, parece ser, hasta la fecha, un aprendizaje pendiente en la consciencia de los ciudadanos, sobre todo aquellos pertenecientes a las futuras generaciones.

¿Memoria histórica o Borrar el pasado? / Fuente: Excélsior

 

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