Interpersonal: muerte y disrupción

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Galo Delgado (LRI)

Desde que comencé esta columna expliqué que veríamos la cuestión de nuestra relación con el otro desde una perspectiva muy sociológica. Es complicado hablar de experiencias personales, sobre todo cuando nos enseñan a ser tan objetivos todo el tiempo; en mí genera vergüenza, miedo e incluso cierto escepticismo al pensar en ¿por qué tendrían que leerme las personas para descubrir mis verdades? Dejando esto en claro, una vez más escribo esto para adelantarme a lo que este escrito podría generar y decirles que, una vez que termine, espero pueda ayudar a que comprendan por qué escribo estas cosas.

Hace tiempo me di cuenta que la muerte juega un papel importante en mi vida. He sido marcado en tantas ocasiones por ella; ha pasado tantas veces enseguida de mí y de las personas que más he amado. Nunca esperé que esa misma concepción cultural me hiciera catalizar mi realidad de formas diferentes –es algo que, en lo personal, creo que se aprende con la edad y las experiencias–.

Cuando llegué al Tecnológico de Monterrey, en un primer momento, estaba lleno de expectativas: emociones, dilemas y miedos. ¿Cuál fue la parte que creen que ganó? la del miedo. Recuerdo muy bien que en mis primeros días en el campus, notaba que las personas vestían distinto, que hablaban distinto, que se utilizaban palabras distintas y que tenían prioridades distintas. Es obvio pensar que a nivel personal todas las personas somos diferentes, pero este era un miedo mucho más grande porque no era algo tan individual, era algo colectivo. Empecé a notar patrones, en donde todos se conocían porque venían de la misma prepa, todos iban a comprar su Starbucks y todos iban de paseo por San Pedro con sus amigos y sus familias.

Recuerdo bien que el momento en el que me di cuenta que una persona en el Tec, un chico de 18 años, podía gastar lo que mi madre gana en una quincena, con la diferencia de que él lo gastaba en una sola noche. Recuerdo muy bien que esta revelación frente a mis ojos me orilló a cambiarme de carrera, porque lo que quería eran respuestas a estas situaciones intuitivas que se engendraron en mi mente. Ahí fue cuando aparecieron las Ciencias Sociales en mi vida, pero ya ocuparé la siguiente columna para hablar de eso.

Pronto pasé de la motivación de lograr entrar al Tec, a esta súper oportunidad con una beca del 100%, a intentar adaptarme a estas nuevas dinámicas que tienen las personas que estudian en el Tec. Cuando me di cuenta que no podría adaptarme nunca, entré –y de la forma más sincera se los digo– en una fase muy visceral de mi vida. Una fase extremadamente crítica y que, siendo sinceros, a estas alturas no me gusta mucho y que aparte terminó muy mal.

Cuando iba en quinto semestre –en mi segunda Semana i, para ser más específico– comencé a conocer a un chico, alguien que me caía muy bien. Para esto ya había pasado por un entendimiento de que todas las personas vivimos en diferentes realidades y, por tanto, esperamos cosas diferentes. Pero fue hasta que me dijeron que la muerte nos había separado del todo que comprendí eso de la forma más pura. Él se quitó la vida y yo no entendía por qué.

Después de esto, continué con un trabajo exhaustivo de reflexión sobre lo que lo llevó a esto y por qué no me pude dar cuenta. Entre tantas conclusiones, una me iluminó y me cuestionó también. Me pregunté si la figura de persona con la que me encontré en el Tec de Monterrey al inicio es una persona que tiene problemas similares. Y entonces también me pregunté ¿qué clase de problemas tengo yo?

Nunca sabemos cómo podemos herir a alguien, pero tampoco sabemos nunca cuándo es que alguien necesita ser escuchado ni cuando es que ya llegó a un límite que tal vez uno ni se imagina.

Por eso esta columna se la dedico a José Eduardo, porque aún ahora me sigue significando. Hoy más que nunca le agradezco haber sido una persona tan abierta al diálogo y a comprender el porqué de mis cuestionamientos. Que sin estímulo alguno me mostró que no hay razón para no conectar, aunque no tengamos nada más en común más que ser humanos y jóvenes con muchas preguntas en la cabeza.

 

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