Lunes, 22 de octubre de 2018

Frankenstein: 200 años de horror

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Este año se conmemoran dos siglos de la publicación de la obra maestra de Mary Shelley.

Fuente: The Economist

Por Ricardo Nieto (IFI) | 7 de marzo de 2018

“Yo era benevolente y bueno; la miseria me hizo un demonio. Hazme feliz y seré virtuoso de nuevo.”

Mary Shelley, Frankenstein

Empezó como un reto; se convirtió en una leyenda. En 1818, con tan solo 20 años, Mary Shelley publicó, en una modesta edición, Frankenstein o el moderno Prometeo. Hoy, doscientos años después, su legado sigue quitando el sueño a los lectores.

Mary Wollstonecraft (que después adoptaría el apellido Shelley de su esposo) nació en 1797, hija del filósofo anarquista William Godwin y la activista Mary Wollstonecraft, quien poco después moriría por complicaciones en el parto. Si bien no recibió una educación formal, la joven Mary se codeó con los intelectuales de la época –Samuel Taylor Coleridge, Humphrey Davy, John Frank Newton– desde una temprana edad, acercándose a las nuevas ideas en un tiempo marcado por revoluciones sociales y científicas.

Es entre estas amistades que conoce al poeta Percy Bysshe Shelley, referente del romanticismo, con quien contraería nupcias en 1916 a expensas del suicidio de su primera esposa. El matrimonio se vio marcado por la tragedia –de sus 5 hijos, solo uno sobrevivió el año– y terminó 6 años después cuando el barco de Percy naufragara en las costas de Italia. A partir de ahí, Mary se dedicó por completo a su carrera literaria, truncada por la enfermedad en 1851, a los 53 años.

La historia que inmortalizó su nombre se gestó en casa del también romántico Lord Byron en Suiza en 1816, el llamado ‘año sin verano’. A partir de una propuesta del poeta, los huéspedes –los esposos Shelley y la amante de Byron– se dieron a la tarea de ver quién creaba el mejor relato de horror. La idea de la reanimación de cuerpos apareció en discusiones de sobremesa, atrapando a la joven al punto de no dejarla dormir, y así transformando lo que iba a ser un cuento corto en un hito de la literatura: Frankenstein o el moderno Prometeo.

La novela está estructurada a modo de matrioshkas o muñecas rusas, con una historia dentro de otra. Empieza de forma epistolar con las desventuras de unos marinos en el Ártico, quienes, tras ver la silueta de un gigante a la distancia, encuentran en su camino a un hombre al borde del congelamiento: el doctor Víctor Frankenstein. Este resulta ser el perseguidor de la criatura que antes vieron, un monstruo de su propia creación. El doctor narra entonces cómo, a raíz de una tragedia, decide usar la ciencia para reanimar la carne antes fallecida, solo para horrorizarse ante la maldad que había traído al mundo. El monstruo, abandonado a su suerte, toma la palabra en un encuentro con su creador para mostrar cuán frustrado estaba por el rechazo del mundo, pidiendo al doctor un acompañante para huir de la civilización y jurando, ante su negación, traer la desgracia a su casa y su familia.

La obra tuvo un éxito casi inmediato y pronto se hizo de seguidores por su atmósfera gótica, inquietantes escenas y posturas sobre los conflictos e ideas de la era victoriana. Representaciones teatrales, secuelas anónimas y, al cambiar el siglo, adaptaciones al cine consolidaron su fama en la cultura popular, convirtiéndola en referente indiscutible de la literatura de horror. A pesar de haberse visto desvirtuada de adaptación a adaptación, caricaturizando uno de los villanos más complejos jamás escritos, académicos y literatos coinciden en el valor histórico de la obra como un parteaguas del género, así como un tratado sobre la moral, la soledad y la razón de la existencia.

Para algunos, el renacer del romance gótico; para otros, la primera novela de ciencia ficción; Guillermo del Toro incluso la ha descrito como “la novela de adolescentes por excelencia”. Frankenstein se ha ganado su lugar en las letras universales no por lo icónico de su monstruo, sino por su inquietante reflexión sobre lo que significa ser humano. Así, tras dos siglos desde su publicación, el mito del hombre que jugó a ser Dios aún resuena con la misma intensidad.

Al menos, entre quienes se atreven a leerlo.

 

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