Fragmentos de opinión: máscaras sociales

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Lorena Martínez

– Yo creo que somos el uno para el otro.
– Dice la que lo acaba de conocer hace dos fines.
– Bueno, pues sí, yo sé. Pero encontré su Twitter y te lo juro, piensa igual que yo.

Así fue la conversación que escuché en el bistro donde tomo mi café mañanero y pretendo avanzar con mis escritos. Me dio risa porque automáticamente pensé en mis conversaciones con mi mejor amiga, y sí, confieso, suena como algo que diríamos nosotras.

Y sentada con mi cappuccino, sonriendo mientras me proyectaba dentro de su discurso acerca de cómo leyó que el chavo también es fan de Kings of Leon y apoya el cuidado del medioambiente, reflexioné, naturalmente, sobre los perfiles cibernéticos.

Está curioso el concepto. Abre una cuenta pública de red social y crea un perfil. Palabra clave: crear. Construye, a través de fotos, videos y publicaciones, un perfil que intente describirte como eres en persona –pero esto a través de una plataforma digital–. Donde todo lo que publicas está pulido, editado, pensado dos veces.

Crea tu perfil. Son las palabras exactas con las que te enfrentas cuando abres una cuenta. La posibilidad de decidir qué impresión quieres que dejen tus huellas digitales –qué lado quieres mostrar (o inventar) para el público–.

Siendo estudiante de Periodismo, he aprendido que siempre hay historias que contar, es solo cuestión de buscarle el ángulo correcto. No fue hasta hace poco que aprendí que esta lógica aplica también para las impresiones que autofabricamos. Abre una cuenta, construye un perfil y relata la historia que quieres contar.

A veces me pregunto qué impresión dejo en las personas que me leen sin conocerme. Cómo me encantaría meterme dentro de su cabeza y entrar a mis redes sociales, explorar cómo me ve el mundo desde fuera. Entro como en un trance existencial: ¿realmente plasmo mi personalidad tal como es?

Supongo que es imposible presentarte al mundo cibernético y esperar que la gente te perciba precisamente como eres. Es tan fácil perfeccionar nuestro perfil, que creo que hasta cierto punto, el llegar a conocer a una persona –en realidad conocerla– puede ser considerado un lujo. En cierta medida, las redes sociales nos facilitan la posibilidad de interactuar pero limitan la posibilidad de realmente llegar a conocer.

Supongo también que esta cuestión no solo aplica para las redes sociales, pero para cómo nos presentamos en general ante ciertas personas y situaciones. ¿Conocemos a las personas por cómo son, o por cómo quieren hacerse percibir?

Es difícil exhibirnos exactamente como somos; sentimos miedo de exponer nuestras vulnerabilidades. Nos apegamos a la construcción de una imagen pulida para presentarnos como seres perfectos: fotos sonrientes en Instagram, CVs refinados en LinkedIn, opiniones editadas en Facebook.

Pero dejando a un lado estos medios de perfección, estas máscaras sociales, pienso que existe una belleza detrás de las imperfecciones que tanto luchamos por esconder. Muestran nuestro verdadero ser: crudo, expuesto, sin filtros, sin edición. Personalmente, lo considero un cumplido cuando alguien me muestra ese lado oculto, ese ángulo frágil en pleno desarrollo. Es una invitación a realmente entrar y recorrer el mundo de los demás.

Perdidos dentro de la lucha por enderezar cada ángulo, pulir cada esquina de nuestra personalidad, comenzamos a perder nuestra esencia. Las mejores historias son aquellas que cubren una verdad expuesta, un relato sentido y contado desde el fondo de nuestro alma. Una narración que respire y sude sentimientos, crudeza, relatos de fracaso y autosuperación.

Reconocernos en historias de desconocidos. Reflejarnos en una percepción auténtica, que nos invite a reconocer que nosotros también hemos sido víctimas de fallas y debilidades. Pero comprender que estos son parte de nuestro ser.

Que las vulnerabilidades también cuentan una historia. Que son lo que construyen nuestra identidad.

Contemos, entonces, un relato que no opaque la realidad. Una historia que ilustre nuestra esencia.

 

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