Fragmentos de opinión: enamorarse en tres días

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Nunca fui una mujer que se enamora fácilmente. No me llaman la atención muchos hombres, y el término amor a primera vista me da ganas de reírme. Si me preguntaras quién fue la última persona que realmente me gustó, confieso que batallo en acudir a mi memoria, regresarme en tiempo y recordar. Si están esperando una historia de amor, mi anécdota no lo es. No es un cuento de final feliz, ni mucho menos de desilusión ni de tristeza. Es una historia alegre, sí, y un poco melancólica a la vez. Es el relato de tres días.

Por Lorena Martínez

Hace unos días conocí a una persona que captivó mi atención plenamente (por primera vez en… ¿meses? ¿años?). Un amigo de una amiga, le gustaba el cine, el cigarro, y las pláticas en el balcón. Estaría en Monterrey por tres días, y luego regresaría a Estados Unidos, donde estudiaba.

Instantáneamente me sentí atraída por esta persona. Fui víctima de esos pequeños detalles que lo distinguían de los demás: la manera en la que contaba historias, el brillo de sus ojos que se encendían cuando reía y que entristecían al cantar.

En pocos días él regresaría a su universidad y yo no lo volvería a ver. Recuerdo una voz, al fondo de mi mente, apenas audible, que me advertía de la situación. Decidí hacerle caso omiso. Confieso que nunca supe pensar con la mente. Me acerqué a él como una palomilla se acerca a la luz, guiada por atracción, determinación, sin importar la quemadura del final.

Y fue así que me captivé durante tres días. En esos tres días me permití ser empapada con anécdotas, conversaciones e información sobre quién era este ser que tanto me había llamado la atención –cuáles eran sus planes, sus miedos, qué lo motivaba, dónde había vivido, qué lo hacía pensar, reír, llorar. Fueron tardes y noches de relatos; tardes y noches en que dos desconocidos intentaban conocer hasta los detalles más íntimos de sus vidas.

El último día lo vi por convicción. Recuerdo que al despedirme de él un día antes le confesé que había sido un gusto conocerlo, aunque ya no lo volvería a ver. ¿Cómo crees?, contestó. Mañana, si estás libre, paso por ti.

Fue un último día más tranquilo que los anteriores. Ya nos habíamos contado nuestros secretos y aspiraciones, y el juego de conocer al otro estaba por terminar. Fue un día lento, placentero, donde intercambiábamos sonrisas y murmullos. Creo que hasta el día de hoy quedó un pedazo de su esencia en mi.

Su despedida no me entristeció realmente. Será la mentalidad millennial, pero las personas, así como los sucesos, vienen y se van. A veces convives con alguien toda tu vida y nunca logras sentir la más mínima chispa de atracción, y otras veces te enamoras en un lapso de tres días. Y especialmente a esta edad en que nuestras vidas están regidas por viajes y aeropuertos, aprendemos a valorar el tiempo con el otro. Reemplazamos el concepto de “extrañar al otro” con “agradecer haberlo conocido”. La vida en sí se vuelve un juego de bienvenidas y despedidas.

A lo que quiero llegar es que lo que importa en realidad son esos pequeños fragmentos. El sinfín de posibilidades. Es posible que yo nunca vuelva a ver a esta persona, así como también es posible que lo vea en cinco meses, o que mañana conozca a alguien más. ¿Qué sería de nosotros sin esas dudas estimulantes, sin la infinidad de posibilidades?

La incertidumbre del futuro. Conocer a un extraño en un avión o en la fila del elevador y saber que probablemente no lo vuelvas a ver. Te sumerges en la conversación, te dejas llevar, creces, exploras. Continuamente me he preguntado qué pasaría si interactuara con todos los que conozco como si fuera la última vez que los vería. Como si solo tuviera tres días para conocerlos. Pienso que aprendería a aprovechar más cada momento, darle peso e importancia al otro. Realmente apreciar al ser humano.

Mi anécdota no es una historia de amor, ni un cuento de moralejas. Es el relato de una mujer que busca el placer de estar en el momento, la esencia del presente, la exaltación de la incertidumbre. No creo que lo que nos define sea el pasado, lo que pudo haber sido ni lo que podrá ser. Creo que son los pequeños fragmentos del ahora. Presenciar cada instante a su plenitud, sin dejarnos guiar por el miedo de mañana o por la tristeza de ayer. Vivir como si solo tuviéramos tres días para conocer al otro. Conocer, disfrutar, despedir. Y volvemos a repetir el ciclo de los tres días.

 

8 comentarios

  1. Soy un fiel creyente del amor a primera vista, de que puede haber alguien que de pronto llega… y sientes una atracción total a esa persona y no hablo de una atracción física, (aunque muchas veces también la hay) si no, tal como lo describes, que te interesa saber sobre esa persona, convivir con ella, pasar el tiempo a su lado.
    Muy bonita redacción, me encantó!

  2. En esta epoca de amor desechable pasajero perecedero aplica la redaccion anterior. la vida es breve un lapso el amor no llega dos veces atrapalo cuando sea de dos y no lo dejes . Se puede arrepentir toda una vida en la vejez o en la muerte abrupta de la juventud. PD bonita redaccion la felicito.

  3. La verdad nunca había leido un artículo de nueva prensa ni me había interesado hacerlo en lo mas mínimo. No suelo comentar este tipo de cosas, pero llegue a tu artículo por pura casualidad y la verdad me agrado bastante, me gusto mucho la forma en la que lo escribiste y creo al menos una que otra frase me cayeron como anillo al dedo. Me parecio importante hacerte saber que esta muy cool tu escrito, gracias por compartirlo!

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