Entre ser y no ser: Hablemos de sonidos y silencios

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Brenda GuerraPor Brenda Guerra (IMI)

«La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas). […] La música es también, recobrado, el tiempo que yo pierdo.» ―Andrés Caicedo, ¡Qué viva la música!

//Favor de leer esta columna procurando escuchar absolutamente nada//

En semana santa terminé de leer ‘¡Qué viva la música!’ de Andrés Caicedo. Lo cual me hizo pensar en dos cosas importantes: la primera, que si Caicedo no se hubiera matado a los 25 años, probablemente su nombre sería mencionado tan cotidianamente como el de García Márquez. Y la segunda, el papel de la música y especialmente del sonido, en mí y en mi vida cotidiana.

El libro lo terminé mientras esperaba mi turno en el banco, pues ese día había mucha gente y tuve que esperar más de lo normal. Mientras leía, podía escuchar los ruidos del lugar a la distancia: a un lado de mí, un matrimonio discutía los términos del préstamo que estaban por tramitar, a mi otro lado un bebé lloraba porque tenía sueño y no hambre como su madre descubrió cuando lo quiso amamantar y el niño ni siquiera abrió la boca. Enfrente, un joven no paraba de mover su pie sobre su otra pierna y otros dos se quejaban de la espera.

Al fondo, el gerente intentaba explicar a un montón de señores cómo funcionaba su pensión, con una voz muy diplomática (que indicaba tristemente que ya estaba harto). El irritante “tic tic” del cambio de turno se hacía escuchar cada cinco minutos y los teléfonos de las ejecutivas no dejaban de sonar. Como cereza de este gran pastel, muy, muy a lo lejos, se podía escuchar la finura de la transmisión de Multimedios en esa televisión que siempre hay en los lugares públicos y que no se puede evitar ver.

Yo lo que quería era escuchar mi música. Pero resulta que en tal banco sí siguen aquella regla de “no celulares”, y si el guardia de la entrada te ve dicho aparato, te pide amablemente que lo guardes. Así que me tuve que conformar con escuchar todo eso y me acordé de un maestro de música que tuve en la primaria y que siempre que empezaba una clase decía “la música es el arte de combinar sonidos y silencios.” Entonces, todo aquel sonido, ¿era música, silencio, o sólo ruido?

Desde el punto de vista de la física, el sonido no es más que un montón de ondas que viajan por el aire como resultado de algo que vibra. Los sonidos que provienen de cosas que vibran de forma estable: nuestra voz, un instrumento, etc., son constantes y por lo mismo, en general son agradables de escuchar. Los que provienen de una vibración desordenada son catalogados como ruido. El silencio entonces, viene a ser la falta de vibración.

En mi columna pasada hable de la literatura como un ruido, porque es una declaración firme que hace escándalo y se hace notar. En términos de sonido, el ruido se suele tomar como algo indeseable. Pero a mí me pasa que hay “ruidos” que me gustan: los carros que pasan por la calle tan rápido que hacen que mis ventanas azoten, el rechinido de los tenis al bailar, un vidrio rompiéndose, una puerta sin aceite, ese tipo de cosas que a veces te sobresaltan y te hacen despertar.

Lo que más me gusta de la música es que, a diferencia de otro tipo de artes, es algo de lo que no se puede escapar. No toda la gente lee, no toda la gente va al cine, no toda la gente va al museo, pero todo el mundo ha escuchado música alguna vez. Y eso es algo que no creo que vaya a cambiar.

Una maestra que me dio clases al principio de mi carrera, nos explicó que ella ya no podía decir si algo le gustaba o no, simplemente lo analizaba. Por mi parte, cuando me acerco a la música procuro hacerlo sin juzgar. Me gusta de todo, y no lo digo como esa gente que usa la frase y después resulta que le da asco el reggaetón, lo digo de verdad, con el corazón en la mano. Lo que más me gusta es el jazz y todo lo que tenga que ver con el rap (aunque no mucha gente se cree lo último). En general, si algo me gusta, me gusta y ya, y no le doy tantas vueltas al asunto.

Por eso guardo un especial rencor hacia todos aquellos esnobs a los que les gusta criticar a los demás. En cuanto escucho a alguien decir “eso no es música”, actuar condescendiente hacia los gustos de alguien más, o peor, si creen que por no conocer a cierta banda eres despreciable, siento una molestia en la garganta, volteo un poco los ojos y anoto a dicha persona en mi lista negra mental de indeseables. Tampoco confío mucho en los que se refieren a algo como un gusto culposo. A esos me gustaría darles unas palmaditas en el hombro y aconsejarlos: uno no debería sentirse culpable por las cosas que le gustan. Si te gusta el reggaetón, PXNDX o Julión Álvarez, ¿pues qué? La vida es muy corta para estar dando explicaciones.

Lo del silencio es un poco más complicado de entender y de explicar de lo que su definición inicial indica. El silencio no es la ausencia del sonido como tal, pues por más que nos esforcemos, nunca estamos solos (si hablamos de sonidos, claro está). En una famosa anécdota de John Cage, uno de los compositores estadounidenses más importantes de la época moderna, conocido por su obra ‘4′33″’ –en la que literalmente lo único que hay que hacer es pasar 4 minutos y 33 segundos callados– cuenta que cuando en 1951 visitó la cámara anecoica de la Universidad de Harvard (una cámara acústica en la que se cancela todo sonido), escuchó dos sonidos: uno grave y uno agudo. El primero era su sangre circulando, y el segundo su sistema nervioso. Total, que nunca ha existido tal cosa del silencio como ausencia de sonido.

Para mí, el silencio es un suspiro. Un sonido leve, presente, pero que no llama demasiado la atención, un rumor. El silencio me recuerda a los puntos suspensivos dentro de un texto, están ahí, muchos no los notan, pero ah, cómo hacen falta para entender todo lo demás…

Mi mamá a cada rato me pregunta si no me habré equivocado de carrera porque siempre hablo y hablo, de literatura y de escribir, y a la música no le hago mucho caso. Pero la verdad es que no, desde niña siempre he tenido una fascinación medio extraña por los sonidos. Me gusta, por ejemplo, escuchar a la gente hablar, analizar su voz,  el tono, su color y la forma en que modulan sus palabras.

Me gusta pensar en lo que un sonido puede causar en los demás. La música, con su melodía, su ritmo y su armonía, trae recuerdos, llama ciertos sentimientos y desde la primer nota puede llegar a estremecer. El silencio ofrece un respiro y una oportunidad para calmar los nervios que el sonido puede llegar a azorar. Y el ruido, estridente, que aturde, que turba y que ofusca, aviva los sentidos, nos puede renovar.

Andrés Caicedo dice que “es prudente escuchar música antes del desayuno”, así que les dejó esta playlist sin mucho sentido, con canciones que a veces me da por escuchar.

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