Entre ser y no ser: De la soledad y otros métodos de supervivencia

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Brenda G.Por Brenda Guerra (IMI)

“I never had that many friends growing up, so I learned to be okay with just me, just me, just me, just me.” -Priscilla Ahn, Fine on the outside.

Mi vida siempre ha estado envuelta en suposiciones. Se supone que debería hablar más, se supone que debería ser muy activa, se supone que debería tener muchos amigos y todas esas cosas que se supone, todos deberíamos hacer. A algunos les sale natural y a otros, los menos, nos lo sacan a la fuerza. Y como en realidad no funciona, lo único que hacen es ocasionarnos traumas que hacen que la gente termine como yo: bastante dañada, debo decir.

Claro está que a mí no me implantaron el chip que supongo te ponen para ser sociable. Me hubiera gustado, me habría hecho la vida más fácil. Digamos que si siempre escuchas a prácticamente todo el mundo decir que los únicos que triunfan son aquellos que hablan mucho y que tienen montones de relaciones sociales, y eso no te sale de manera natural, acabas pensando que eres defectuoso.

Así que desarrollé alguno que otro método de autodefensa. Yo miento y evito. Me gusta evitar ciertos asuntos, y para evitar hay que mentir. Está mal que lo diga, pero de verdad soy talentosa. Me sale natural, hasta lo disfruto. No digo nada escandaloso, son sólo pequeñas mentiras que pasan desapercibidas, pero su sencillez las hace especiales en mi corazón.

También tengo esta patética costumbre de querer llenar los silencios incómodos con información sobre mí, así que acabo hablando de cosas de las que no debería hablar, con gente que no debería escuchar eso. Y cada que entro a un salón tengo la sensación de que debería estar hablando con alguien. No es que quiera hacerlo, no me interesa de hecho, pero estoy tan condicionada a pensar que estoy mal, que siento que debo hacerlo porque se supone, que eso se hace. Al final no lo hago, pero paso todo el rato con una batalla interna sobre el asunto.

Tampoco es que no me guste convivir pero me gusta hacerlo bajo mis propios términos, poco a poco y por etapas. Me gusta estar con mis amigos, con mi familia y encuentro fascinante observar a la gente que no conozco para inventarme historias con ellos. Pero me abrumo con facilidad, como que me asfixio y estar sola me ayuda a respirar. Estar sola me da seguridad y me permite hacer cosas que con otros sería más bien complicado, porque a mí me gusta saborear mis pasiones en privado. Me agradan las pequeñas aventuras que llego a tener, los sencillos momentos en los que disfruto pequeñeces como ir a la lavandería y ver mi ropa girar y girar, o caminar sin rumbo por ahí y sentarme en una banca a leer. Me gusta estar sola y convivir con mis pensamientos. Cada quien sabe lo que hace consigo mismo y a mí me gusta disfrutarme sin compañía de vez en cuando.

Siempre hay alguien diciendo cosas como “eres muy callada.” Sí, ya sé que soy callada. No, no necesito un maldito recordatorio, gracias. Nunca voy a entender porque la gente le teme tanto a la soledad y al silencio. ¿Por qué estamos tan obsesionados con hacer que todos entren a ese molde de convivencia, extroversión y dinamismo? Yo llevo así ya un rato, y me sorprende que las cosas sigan sin cambiar.

Esta semana estoy yendo a una escuela a “hacerla un lugar mejor”, por aquello de la Semana i. Me gusta la parte donde pintamos la escuela y arreglamos el jardín, es agradable ayudar de esa forma, pero hay situaciones que me ponen algo incómoda. Nos dijeron, por ejemplo, que teníamos que convivir con los niños y para eso hicimos alguno que otro juego que involucraba que bailaran de vez en cuando. (A mí de cajón, el asunto no me gustaba). En un momento alguien pasó a un niño al centro de un circulo y “le tocó” bailar. El pobre niño tenía la cara que la gente como yo pone cuando no se siente cómodo, como si estuviera a punto de llorar. Nadie dijo nada pero yo me sentí mal. Él no quería hacer eso y lo estaban obligando, porque obviamente a todos los niños les gustan esos juegos y “convivir” de esa forma.

Me acordé de todas las veces en las que a mí también me habían obligado a participar en dichos eventos sociales incomprensibles, y me sentí aún peor. Si yo, con 21 años, y fundiéndome en el círculo de gente, me sentía incomoda, imagínense a ese pobre niño de algunos 9, en medio de todos. De pronto pasó algo que nunca pensé que pudiera pasar y que me agrado en sobremanera. Su maestra dijo “es una decisión personal, si no quiere hacerlo, no lo tiene que hacer.” Genial por él, no tendría que aventarse el numerito. Pero yo me jugaba mi calificación, así que seguí bailando mientras intentaba poner cara de que eso me gustaba, aunque quisiera ir al baño a encerrarme. ¿Ya qué?

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