Entre ser y no ser: De la muerte y otros apetitos

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

«Esperaba la muerte con una dulce esperanza.

Como he mencionado más de una vez,

el futuro presentaba una carga pesada para mí.

Desde el principio me oprimía la idea de vida

con todos los deberes que conllevaba».

–Yukio Mishima, Confesiones de una máscara.

 

 

Por Brenda Guerra (IMI)

A menudo pienso en la muerte…

De noche, al secar mi cabello, pienso en lo sencillo que sería abrir la llave del lavabo frente a mí y meter la mano, con todo y la secadora. Las veces que llego a usar el metro, suelo quedarme frente a las vías y discurro los distintos escenarios en los que, de alguna forma, termino en aquel pozo con el tren pasando sobre mí. Me gustaría decir que son asuntos esporádicos, pero estas reflexiones me acompañan siempre.

Cuando me enteré de la muerte de Ren Hang, no sabía quién era, ni qué hacía. Tan sólo leí el título de la noticia, vi su edad y pensé: se suicidó. La sospecha de su suicidio es fuerte, aunque no confirmada; pero en aquel momento, yo ni siquiera había leído la nota. Lo único que hice fue ver la foto (que ni era de su cara) y me inundó una melancolía extraña, la que sólo me alcanza cuando pienso en la muerte, en cosas que no debería pensar. Irremediablemente hice lo que siempre hago y me puse en sus zapatos. Cada que alguien muere, sobre todo de esta forma, termino preguntándome qué pasaría si esa persona fuera yo, saboreando la posibilidad.

Con frecuencia intento encontrar el detonante, aquello que acaso ha causado mi peculiar afición, sin éxito alguno. No sé exactamente cuándo comenzó, pero desde que tengo memoria, mi particular simpatía por la partida y la fatalidad, ha estado ahí. Nunca he ido a un funeral y nunca ha fallecido un familiar por el que tenga especial apego. Si acaso lo más cercana que he estado a la muerte, fue cuando murió mi perro Pipo, hace ya unos años. Aquello fue horrible, no sucumbió tranquilamente. Sufrió mucho. Cayó en un estado en el que ya no podía controlar lo que hacía, en el que vi sus ojos y ya no vi nada. En el que ya no podía más que pedir que la muerte le llegara pronto, para acabar con todo eso. Aparte de eso, la muerte no es algo que esté muy presente en mi vida, más allá de mis manías.

No sé si esto de la fascinación por la muerte sea tan inherente a mí, como mi timidez. A veces me pregunto si acaso no será una obsesión más bien aprendida, un gusto adquirido, resultado de tantas horas de chutarme el discurso del artista trágico, marcado por la muerte. Tema que ha aportado mucho a mis pensamientos mortales.

Andrés Caicedo tomó un montón de pastillas el día que le entregaron un ejemplar de su novela más famosa, ya publicada; Yukio Mishima cometió el seppuku en un acto público, como su último gran espectáculo; Sylvia Plath metió su cabeza en un horno y Virginia Woolf llenó sus bolsillos de piedras, y se lanzó al río. Y así un montón más. Todos ellos, grandiosos, todos ellos, tristes, todos ellos, muertos.

Tal vez pienso tanto en ello, porque, la muerte, el morir, en su forma más esencial, es la práctica más individual que existe. Y yo nunca he sido de placeres colectivos… O tal vez es sólo que tengo miedo y por eso quiero dormir el sueño de los muertos…

Ren Hang escribió en enero en su blog: “Todos los años tengo el mismo deseo: morir una muerte temprana… Espero que se vuelva realidad este año”, y su deseo se volvió realidad en febrero.

En el ‘Libro del desasosiego’ dice Fernando Pessoa que “en lo que somos y en lo que queremos somos la Muerte. La muerte nos cerca y nos penetra. La vivimos y a eso le llamamos vida. Vivimos, dormimos y soñamos la muerte de los muertos y morimos a la de la vida. Muerte es lo que tenemos, muerte es lo que deseamos. La vida que vivimos es muerte”. En esencia, creo que el fin de la vida es la muerte y la muerte es el principio de la eternidad.

Aun así, debo aclarar (sobre todo a mi madre, si es que lee esto) que de momento no busco seguir los pasos de ninguno de los personajes aquí mencionados y me remitiré a esta viñeta de un manga que hace tiempo leí, como mi única proclamación:

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