Viernes, 20 de abril de 2018

El Contrabajo: Chopin, el cliché del romanticismo

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Manuel Rojas (IMI) | 12 de febrero de 2018

La música rara vez existe para si misma, siempre posee cualidades sociales, emocionales, e incluso filosóficas percibidas a través del compositor, convirtiéndose en expositor de la realidad de su época. Es de esto de lo que se trata el arte y lo que busca esta columna es descubrir el contexto que motivó a estos personajes de la historia a realizar sus obras.

Cuando escuchamos que algo posee la cualidad de romántico, nos viene a la mente una idea referente a los sentimientos, específicamente hablando, del amor. Esta idea, aunque claro, es mucho más compleja que lo anteriormente dicho, se encuentra muy ligada al periodo romántico del siglo XIX, cuya estética inspiró a los artistas de todo tipo a cambiar los paradigmas impuestos por la época para expresar emociones propias del ser humano.

Factores sociales, humanos, e incluso políticos provocaron que los compositores de la época gozaran de mayor libertad para la creación de sus obras. Comparado con el periodo clásico, en el cual se buscaba una música perfecta según la estética occidental compuesta con la simetría y el orden, en el periodo romántico la música ya no está sometida a las necesidades y pensamiento de una iglesia, una corte, o un príncipe, sino que ahora era acogida y bien recibida entre los círculos de literarios y artísticos.

Este periodo nos ofreció una gran cantidad de compositores especialistas en diferentes áreas, los cuales enriquecieron la música tanto en nivel técnico como en el pensamiento: Schubert en la música vocal, Wagner en la ópera y orquestación, Mendelssohn en la dirección, y claro, nuestro protagonista en esta ocasión, en la música para piano.

Frédéric Chopin fue un compositor e intérprete polaco, y se dedicó casi en su totalidad a la creación de obras para su instrumento. Es sabido que, a diferencia de los demás compositores, no recibió una educación formal, dificultando su capacidad para realizar obras extensas fuera del piano. Sus orquestaciones, además de ser opacadas por el trabajo de muchos compositores de la época, tuvieron que incluso ser posteriormente corregidas, debido a que Chopin no conocía las limitaciones de los instrumentos, haciendo inefectiva su interpretación de ciertas notas. Relatos narran que su fragilidad física le impedía rivalizar con la brillantez de los virtuosos de su época, como por ejemplo el compositor y ejecutante austrohúngaro Franz Liszt, quien ya era considerado el mayor y más impresionante pianista de la era.

Sin embargo, el romanticismo le permitió despegarse de la rigidez que imposibilitaba a un músico ser un compositor en la época pasada, enfocándose solo en la perspectiva y estética, y logrando desarrollar un discurso musical basado en la expresión y sentimiento. Mediante solo piano, el compositor polaco, si bien no competía en virtuosismo con Liszt, ofrecía una originalidad que se volvió representativa de la idea popular y un tanto simple que se tiene sobre esta corriente artística, y se convirtió en un referente de la música pianística de este periodo, a la par con su colega de Austria-Hungría.

Una prueba de ello es la forma musical el nocturno, una pieza a modo de fantasía (estructura que presenta varios temas sin dependencia alguna) pero que puede también tener una estructura libre. Está inspirada en la belleza natural de la noche; por lo general eran para tocarse en ese momento del día y después ser dejadas a un lado. Sin embargo, los nocturnos de Chopin trascendieron este uso, para convertirse en unas de sus más emblemáticas obras.

Nocturnes Op.9, en especial los números 1 y 2, nos muestran un melodía melancólica y dramática bastante expresiva, ornamentada con trinos y escalas rápidas que juegan con el tiempo del compás entre nota y nota acompañada de acordes simples que dan un contexto del movimiento armónico propia del discurso

Mas que un cliché, el arquetipo que presentan los compositores románticos y la estética de la época se puede encontrar muy bien resumida y expuesta en Frédéric Chopin y su música. Las formas y reglas clásicas propias de una escuela, a la que el pianista polaco no fue capaz de asistir, formaron en él una expresión y lenguaje único con mucha originalidad, muy distinto a los trabajos de sus contemporáneos. Su trascendencia y legado va más allá de solo una dificultad para interpretar sus piezas; está en el desarrollo de un lenguaje musical enfocado a la emoción, tan necesario ya entre la opresión y sofoco de la estructura clásica.

 

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