Jueves, 20 de septiembre de 2018

El borrego político: el ocaso de Meade

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Salvador Iturbide (LEC) | 21 de marzo de 2018

Estimados lectores, vale la pena recordar lo que declaró el escritor y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en 1990: “Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras […) México es la dictadura perfecta”, y recalcó, “Tiene las características de una dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido que es inamovible”.

A 28 años de ese diagnóstico parece que no ha cambiado mucho desde que el PRI volvió a la silla presidencial. En esencia, el PRI es un partido que ha institucionalizado las más perversas prácticas en una democracia tan frágil como la mexicana. “El nuevo PRI” fue un disfraz para justificar sus propios vicios y alcanzar el poder.

Ahora, Peña Nieto ha revivido los viejos vestigios de la dictadura de partido único: represión a marchas opositoras, gobernadores que han sido monarcas sexenales y con la corrupción han llevado a la quiebra a sus estados, la impunidad en los casos de corrupción, un estancamiento en la economía que ha llevado a la persistencia de la pobreza, episodios de violencia contra opositores, el despilfarro del gasto público por autoridades incompetentes, y en el panorama internacional la situación es mala, ¿qué piensan las Naciones Unidas sobre la conducta de México en materia de derechos humanos? Mientras otros países reemplazan a México como actor importante en analizar los grandes problemas continentales, la política externa ha perdido credibilidad y relevancia.

El candidato designado por el presidente hizo revivir el tradicional dedazo, en esta ocasión, José Antonio Meade pretende desentenderse del presidente de la república y del aparato priísta bajo el pretexto que él es un “candidato ciudadano” y que no está afiliado al partido político. Yo no pongo en duda las intenciones democráticas del exministro, pero lo que se representa es que él se ha identificado plenamente con este régimen y fue uno de los abanderados más entusiastas y propagandistas del “Nuevo PRI”, que es la continuación de las características del régimen bajo un nuevo ropaje. Sobre todo, si se trata de solapar actos de corrupción y errores de su jefe.

Meade es el candidato más ambiguo, aburrido y desabrido que ha tenido el PRI, ya que no es su especialidad ser un político amaestrado. Tanto que los mismos círculos priístas dudan de su capacidad política y lo ven alguien ajeno; carente de brillantez, carisma y persuasión es sin duda un homenaje viviente a la hipocresía.

En el fondo, José Antonio Meade lejos de tener una posición privilegiada como candidato, en realidad es una carga ominosa por lo que representa Enrique Peña Nieto y su partido a lo largo de esta administración, que se manifiesta en una desaprobación por parte de la población; no es para menos, 70% de los mexicanos desaprueba su gobierno de acuerdo a una encuesta publicada por el Pew Research Center en octubre del 2017.

Al parecer no aprendemos la lección de lo que representan los candidatos priístas. Ya que son herederos de un partido que estrangula, a través del autoritarismo, a la oposición en aras del poder y propician la corrupción en vez de la estabilidad. Por estas razones el PRI merece perder estas elecciones.

En estas circunstancias, ver a Enrique Peña Nieto es preguntarse en qué momento va a decir alguna tontería. En tanto ver a su exministro de Hacienda como candidato presidencial es de sospecha. Veremos si José Antonio Meade fue un salvavidas o un error de cálculo político que pondría en peligro su partido y a su jefe la silla presidencial gracias a su incompetencia en el momento de elegir a su sucesor. Por lo pronto hay que esperar el desenlace de esta lucha presidencial.

 

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