Martes, 18 de junio de 2019

Colegiada: La experiencia ni tan común ni tan corriente de hacer un posgrado

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Errática (DEE)| 18 de septiembre de 2018

colegiado, colegiada

adjetivo/nombre masculino y femenino

  1. [persona]Que pertenece a un colegio profesional o asociación semejante de carácter oficial.
  2. Adjetivo Que está formado por varias personas que actúan de forma conjunta

Nunca había escuchado la palabra “colegiado” hasta que entré al doctorado. De un momento a otro, ese adjetivo se convirtió en un calificativo que los profesores usaban de manera idealista para referirse a lo que debería ser: “el trabajo debe ser colegiado”, “el grupo debe colegiarse en sus decisiones”, “la ciencia debe ser una actividad colegiada”. No me molesté en buscar la palabra en un diccionario, pero ahora entiendo que de nada hubiera servido para mi entendimiento, pues los conflictos empírico-teóricos se habrían hecho presentes antes de tiempo.

Pasaron las primeras semanas de mi vida como estudiante de posgrado y mi subconsciente ya había registrado la palabra como una propiedad del deber ser y de la elegancia de las actividades de producción científica. Irónicamente, sentía que convivía con personas colegiadas (porque todos pertenecemos a una asociación oficial y muy profesional) pero no que estuviera viviendo una experiencia colegiada porque lejos de sentirme parte de un grupo de personas que “actúan de forma conjunta”, me sentía sola. Sentí que era la única que se pensaba incompetente, me sentía todo menos parte de algo.

Afortunadamente, el tiempo ha pasado y me he transformado. He hecho mi tarea, llego puntual a las juntas y ya no tengo vergüenza de decir “no sé”. Estoy lista para intentar tener una vida colegiada y empezaré por conectarme con quienes más trabajo me cuesta: mis semejantes.

Amiga, amigo, desde hace un tiempo quiero detenerme a decirte que no estamos solos pero tus audífonos noise-cancelling me intimidan, así que mejor te lo escribo. Nosotros encarnamos la relatividad del tiempo al no tener un horario fijo como nuestras viejas amistades de la carrera, que ya son mujeres y hombres de tupper; digo, de bien. Solo nosotros conocemos la incomodidad del ¿tienes veint/-treinta-y-tantos y sigues estudiando? en las reuniones familiares. Nosotros vivimos de café, requisitos cumplidos y sueños que no dejamos de tener, vacacionamos en la biblioteca, en el laboratorio y con el trabajo de campo. Tú y yo vivimos esperando con alegría el día cuatro de cada mes para recibir nuestra mesada de la Tía Cony y algo más debemos de tener en común.

En esta columna conocerás mis opiniones, reflexiones, experiencias, sufrimientos, satisfacciones y aventuras de ser investigadora en formación. Me he soñado compartiéndote consejos para perfeccionar el stalkeo extremo para rastrear todo trabajo relevante para nuestro tema en Scopus y Web of Science, la transición del Facebook al ResearchGate, la adrenalina del domingo 23:59, el arte de hacer de la mochila una extensión del ser, la nostalgia de la dependencia económica, la procrastinación como método infalible de escritura creativa y cómo superar el Síndrome de Estrés Postraumático que te deja el primer rechazo de un artículo. Algún día te hablaré también de la (¿mi?) triste realidad de ser unmatcheada de Tinder después de confesar ser estudiante de doctorado y por supuesto, de la temida e innombrable tesis.

Te doy la bienvenida entonces a Colegiada, la columna que como bien he aprendido sobre lo colegiado: es de todxs, pero mía. Por ti, por mí y por el (des)perfeccionamiento que el ser humano alcanza a través del uso de la razón y por ende, espero, de la experiencia adquirida a través de los estudios de un posgrado.

Hasta que la graduación nos separe.

 

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