Aquí entre nos: ¿vale la pena contar con el sector público?

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Melina Puente (LEC)

El sismo del 19 de septiembre nos ha dejado varias enseñanzas. Yo destacaría dos cosas: primero, la solidaridad del mexicano ante la adversidad y segundo, el sentimiento de abandono e indiferencia de las personas con el sector público ante la tragedia.

Por un lado, sería injusto decir que nadie dentro del sector público ha hecho su labor. Por ejemplo, la labor de la Marina y de la Sedena han sido cruciales para rescatar a los afectados del sismo. Sin embargo, también queda en entredicho la labor de algunos funcionarios públicos, ya que lejos de agilizar la ayuda o de llevar los apoyos eficientemente, entorpecen las labores e incluso han llegado a retener las ayudas a los damnificados.

Bajo este panorama, muchas voces se han levantado en torno al tema y sugieren que el gobierno no ha cumplido con su labor y que, en ocasiones, estorba más de lo que ayuda. ¿Para qué necesitamos un Estado? ¿Acaso no podrían encargarse de todo los particulares? Pues no.

Es claro que todas las personas tienen sus propios quehaceres y es muy probable que la mayoría decline a encargarse de la administración de los bienes públicos por diversos motivos, porque no sabe cómo hacerlo, porque no se le pagaría lo suficiente o simplemente porque no tiene tiempo. Ahora, en caso de que se encargara el sector privado, muy posiblemente lo hiciera siguiendo una visión empresarial. Por ejemplo, si tu colonia es pobre, no tiene alumbrado y no puede costear su instalación y mantenimiento, entonces dicho servicio nunca se te sería proporcionado, dado que no es rentable para la compañía que se encargaría de instalarlo.

Entonces, ¿es necesario el sector público? Claro que sí. Hay personas que cuentan con mucho, y hay muchísimas otras que cuentan con poco o casi nada, por lo que el gobierno se encarga de recaudar impuestos, de manera proporcional a las posibilidades económicas de cada quien, con la finalidad de resolver las problemáticas de las personas que más lo necesitan. Aunque esta última frase es muy cliché, es cierta, claro, siempre que no se utilice para fines proselitistas.

Además, el sector público también se encarga de regular el comportamiento y las acciones de las personas. Por ejemplo, cuando una empresa incrementa los precios de un bien necesario para las personas por tener poder de mercado, afectando el consumo y la economía familiar, o bien, cuando una persona dentro de la sociedad comete un delito perturba la tranquilidad de las demás personas e impide que estas puedan realizar sus actividades libremente, por lo que la intervención del sector público –impartiendo justicia y regulando las actividades de las personas– es importante para el correcto funcionamiento de la sociedad.

Y es en esto último donde radica el problema del sector público mexicano. La mayor parte de los tomadores de decisiones dentro del sector público solamente piensa en la siguiente elección. Su ciclo de vida laboral se divide por periodos electorales, no ofrecen su máximo potencial a la sociedad (a la cual supuestamente deberían de representar detrás de sus escritorios) y muchos de ellos en lo único en que piensan es en absorber la mayor cantidad de recursos posibles durante su gestión.

Por eso, me atrevo a asegurar que ningún mexicano puede confiar en ningún servidor público. Vemos con recelo su actuar, las decisiones que toman, las dádivas que se recetan por medio de las leyes, mientras se alimenta dentro nuestro un sentimiento de rechazo y de abandono.

Antes del 19 de septiembre habíamos tenido una actitud hasta cierto punto pasiva frente a nuestros servidores públicos; pero la tragedia fue superior a nuestra indiferencia, por lo que fue inevitable voltear a ver a esa clase política que siempre nos abandona a nuestra suerte y que solo regresa cuando le conviene. #PartidosDenSuDinero puso en evidencia la mala voluntad de algunos funcionarios públicos y de los partidos políticos, pero también nos enseñó que, si los ciudadanos nos unimos, podemos ser capaces de influir realmente en la agenda pública.

En síntesis, el sector público es necesario para regular el comportamiento en sociedad y para disminuir las externalidades que afectan a las masas. El problema del sector público es su indiferencia ante las exigencias del ciudadano y, a su vez, el rechazo por parte de la ciudadanía para con los servidores públicos se convierte en indiferencia que es aprovechada por estos para ignorar dichas exigencias. Nos encontraremos en un círculo vicioso cuya consecuencia es la permanencia de los problemas que aquejan a la sociedad, siempre que esta no se una y finalmente comience a exigirle a los servidores públicos que vean por ella y no por sus propios intereses.

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