Aquí entre nos: mi problema con el 2018

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Melina Puente (LEC)
No es que falte poco para las elecciones de 2018, pero es tanto lo que se habla de ellas que pareciera que ya están a la vuelta de la esquina (como cuando las tiendas empiezan a vender artículos navideños desde septiembre o pan de muerto desde agosto). El tema de esta ocasión me preocupa ya que es la primera vez que votaré en unas elecciones presidenciales y ahora, a diferencia de las anteriores, comienzo a dimensionar las consecuencias de elegir a alguien equivocado.

Han pasado por mis ojos tres o cuatro elecciones importantes. De las que me acuerdo son: las elecciones de 2006 (con AMLO participando por primera vez), 2012 (con AMLO participando nuevamente) y 2015 (con un buen de candidatos a la gubernatura de Nuevo León que, a mi parecer, de 10 no se hacía uno solo). Pues bien, el escenario (pero ahora a nivel nacional) no es muy distinto al que se ha vivido en mucho tiempo. Si hoy fueran las elecciones tengan por seguro que ninguno de nosotros (a no ser que tuviéramos una obligación fuerte con algún partido político) sabríamos exactamente por quién votar. Y he ahí lo preocupante, porque nunca nos hemos podido identificar por completo con las ideas de alguien sin caer en las deficiencias en sus planes y en qué tan cuestionable es su actuar. Deficiencias que, por supuesto, perjudicarían a nuestro país.

De las primeras elecciones que me acuerdo son de las de 2006. Tenía 9 años, pero incluso a esa edad se me hacía raro que los spots que diariamente salían en la tele se la pasaran atacando directamente a un solo candidato. Y sí, en ese entonces mi inclinación era hacia AMLO, porque era el que conectaba más con mi realidad (y en mi falta de conocimientos en aquel entonces): la de la pobreza y la falta de oportunidades. Realidad que afecta a la mayor parte de mexicanos.

En el 2012 la situación no varió mucho. A mi percepción todos los candidatos representaban la permanencia en el status quo, status quo que no beneficiaba ni a mí ni a mi familia. Ahora la situación es la misma, pero más confusa, dado que todos quieren ejercer el poder, sin embargo no se sabe exactamente para qué.

Ahora me encuentro aún más confundida porque, si bien sigue sin gustarme la realidad en la que vivo, tampoco me gustaría fallar eligiendo a alguien sólo por convencimiento o por desesperación, porque conozco las repercusiones económicas de largo plazo que tendrían la ejecución de propuestas hechas solo con el fin de agradar a grandes segmentos de la población, como por ejemplo, un incremento desmedido del gasto y deuda pública para satisfacer una agenda política de 6 años, tal y como ocurrió en los años setenta y ochenta.

No me gusta mi realidad porque vivo en un México donde no se sale adelante siendo el que más se esfuerza, el que más lucha, el que más trabaja, sino siendo el que le cae mejor a todos o el que tiene más ‘conectes’. Donde la pobreza no se alivia con proyectos estructurales de largo plazo, sino con dádivas que calman temporalmente los males de más del 40% de la población.

Donde la educación es una excusa para arrebatarse el poder político entre funcionarios de gobierno y sindicalistas. Donde, como la pobreza, no se habla de reformas desde adentro a los contenidos educativos y métodos de enseñanza que no consideran a sus verdaderos actores: a los alumnos, a los padres y a los maestros.

Donde a la industria nacional, lejos de incentivarlo se le castiga. ¿Qué ganas tendrá el emprendedor de abrir un negocio si lo inundas con trámites burocráticos molestos y excesivos impuestos? Y esto no es particular de los empresarios, sino que afecta a todo el pueblo.

Donde la ley no se ejerce de forma equitativa y proporcional entre toda la población. Donde no hay una certeza jurídica que permita realizar inversiones a largo plazo. En fin, donde no hay un estado de derecho que permita que todos los ciudadanos puedan convivir con libertad y seguridad de que su desarrollo pueda realizarse plenamente.

En otras palabras: vivo en un México en donde la ley se hace de arriba hacia abajo, esperando que, con spots y palabras bonitas cobren legitimidad entre la población, cuando en realidad debe de ser al revés.

Mi problema con el 2018 es que, hasta el momento, solo he visto a partidos políticos peleando entre sí por su subsistencia con cargo al erario (que recordemos, es el dinero de todos nosotros que debería ser utilizado en políticas públicas en pro del pueblo), pero lo que no he visto es un diagnóstico detallado de los problemas que aquejan a los mexicanos, el plan de acción para resolverlos y porqué x o y candidato es el ideal para ejecutarlo.

Dichos planes, más que buenas intenciones deberían de especificar el qué, cómo y para qué se debería hacer tal proyecto o implementar tal programa. Porque, sea quien sea electo o electa en 2018, debe de tener un plan que reactive la economía, genere riqueza para los ciudadanos y que de certeza jurídica para, ahora sí, vivamos finalmente dentro de un estado de derecho. Ya lo dijo el gobernador de Banco de México, Agustín Carstens, “el reclamo de la sociedad es sobre derecho, estado de derecho, certidumbre jurídica y (que) no (haya) corrupción.”

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