Lunes, 10 de diciembre de 2018

Aquí entre nos: la sombra de una duda (II)

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Melina Puente (LEC) | 23 de febrero de 2018

En la última ocasión planteé dos preguntas: ¿realmente le conviene al país mantener la estructura económica actual o valdría la pena cambiarla? y, ¿existe la forma de lograrlo mediante el sufragio o hace falta más que un simple voto para ello?

No soy partidaria de una economía Marxista planeada por el gobierno: hoy día tenemos la suficiente literatura y evidencia empírica para saber que demasiada intervención de un gobierno en la economía puede ser dañina para la sociedad.

Tampoco soy partidaria del neoliberalismo, expresado en la frase laissez faire, porque considero que, si bien es bueno que la economía se desarrolle por sí misma y que los individuos satisfagan por sí mismos sus necesidades porque así cada quien responde a los estímulos necesarios para ser más competitivos, eficientes e incrementar el bienestar de la sociedad, también creo fielmente que deben de existir instituciones fuertes que regulen las actividades de esta sociedad libre. Ya saben, por si alguien sobrepone su egoísmo al bien común y eso llega a afectar negativamente a la economía, como en el 2008.

Más que cambiar a la estructura económica actual, lo que urge eliminar es la serie de incentivos perversos que existen en nuestra estructura social y aceptar que, más que emitir un sufragio, lo que le urge a nuestra sociedad es que seamos menos apáticos a lo que sucede a nuestro alrededor, que dejemos de ser condescendientes y exijamos cambios profundos.

Lamentablemente este es el problema principal: creemos que con solo votar por x o y candidato los problemas en nuestro país, estado y municipio se arreglarán. Pues no, así no funcionan las cosas en el mundo real.

En el caso mexicano, lo que necesitamos es simple: políticas públicas orientadas a que los mexicanos podamos ver por nuestro propio futuro, sin ataduras ni eterna dependencia de ‘papá gobierno’.

Que las propias instituciones públicas facilitaran la creación de empresas y estimularan la inversión nacional, sin necesidad de crear y dar más apoyos al emprendedor, porque de esos hay muchos. No. Reducir el número de requisitos necesarios y el tiempo para cubrirlos para echar a andar tu negocio, no cobrar tantos impuestos por tantas cosas, ya que no solo se tributan impuestos federales, a eso hay que sumarle impuestos estatales y municipales. Por eso en lugar de pagar buenos sueldos a las personas, los empresarios mejor pagan los impuestos y permisos al gobierno y los caros préstamos contraídos a los bancos. Por cierto, vale la pena mencionar que los préstamos a los pequeños y medianos negocios son caros porque su oferta es pequeña y su precio es alto; añadiendo que los gobiernos en todos los niveles son sus clientes principales, ¿para qué prestar a la iniciativa privada entonces?

Que los programas sociales estén orientados, desde su diseño hasta su implementación, a que las personas beneficiadas adquieran las habilidades y las condiciones necesarias para que puedan salir de la pobreza y puedan salir adelante por sus propios medios. A, y si no fuera mucho pedir, que los programas sociales en funcionamiento sean evaluados para ver cuáles funcionan, cuáles necesitan ajustes y cuáles de plano deben de ser eliminados.

Que exista verdadera certidumbre jurídica y un Estado de derecho sólido. ¿De qué sirve tener tantas leyes si ninguna se va a respetar como debe de ser? ¿Qué seguridad se le da a las personas para poder realizar sus actividades laborales, estudiantiles o personales libre y tranquilamente si no se puede garantizar que regresará sano y salvo a su casa luego de una larga jornada?

Que la educación garantice a las personas salir de su pobreza. Que al graduarse puedan acomodarse sin tanto inconveniente en el mercado laboral y sin malbaratar su mano de obra. De acuerdo al Instituto para el Desarrollo Industrial y Crecimiento Económico (IDIC), de 2000 a 2017 se han perdido 1.83 millones de fuentes de ocupación y empleo que pagan más de 5 salarios mínimos.

Y en fin, cada uno de nosotros podríamos hacer una lista de lo que nos gustaría que funcionara mejor en nuestro país. No todo se reduce a que el gobierno ha realizado mal su tarea, pero es un buen punto de partida para mejorar muchos de los problemas que nos aquejan.

Lo que propongo no es que el gobierno continúe emulando su papel de ‘papá’ en la economía, es más, es algo a lo que me opongo bastante. Gran parte de las veces la forma en que están planteadas las leyes y el respeto a las jurisdicciones, más que ayudar a que las relaciones económicas se faciliten, estas se frenan. Justamente lo opuesto al fin del gobierno, visto desde una óptica clásica.

Lo que le propongo al gobierno simplemente es que ya no asuma ese rol, sino que deje de frenar el emprendimiento, que deje de frenar a la economía, que rompa con los incentivos perversos que dan lugar al clientelismo, que alimentan a la pobreza, que si bien es favorable para que los políticos ganen elecciones cada 3 o 6 años, estancan al desarrollo de gran número de personas.

Ahora que nos encontramos en elecciones presidenciales, ¿hay alguien que nos garantizaría un gobierno protector de las personas y no de los incentivos perversos?, porque hasta el momento la oferta de candidatos no es muy alentador. El único que se me viene a la cabeza es cierto candidato economista, con años de experiencia en Secretarías de Estado podría impulsar políticas públicas orientadas a lo que se ha expuesto aquí. Lamentablemente, lo respalda una estructura institucional podrida que gusta de pasarle por encima al Estado de Derecho y de lucrar con la pobreza cada que puede.

En fin, tal vez hay salida, pero dependerá de nosotros y de ellos, si es que se los permitimos.

 

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