Analizando: La guerra en el Medio Oriente: ¿cómo afecta a nuestra economía?

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Por Nohemi Torres (LEC)

Sabemos que existe un conflicto armado en el Medio Oriente. Hay muchas causas y efectos de una guerra, donde prevalecen los aspectos negativos.

En cuanto a los aspectos económicos tenemos la destrucción de la infraestructura, una disrupción en la economía que afecta al comercio (internacional y local), el empleo y a indicadores como la inflación y crecimiento, etcétera.

Parece sombrío reconocer que puede haber crecimiento y desarrollo económico bajo esas circunstancias. Por ejemplo, con la Segunda Guerra Mundial, se desarrollaron muchas invenciones y progresos tecnológicos, y el orden económico cambió. Al necesitar todos los recursos para producir localmente e internacionalmente para exportar, se desarrolló el comercio internacional de muchos países (entre ellos el de México, el cual se benefició al abrir sus fronteras al comercio), y eventualmente, después de la guerra se dio un proceso continuo de crecimiento que prevaleció hasta los años 70’s.

Hoy en día existen diversos conflictos armados que reflejan condiciones de guerra en ciertos países, o más bien, en el mundo completo. En Siria, por ejemplo, hay un conflicto armado entre fuerzas rebeldes y el gobierno, que de acuerdo a la BBC, prevalece desde el 2011. Al conflicto se le ha sumado la presencia de ISIS en el territorio, contra el cual lucha el gobierno y ciertos rebeldes. De acuerdo al Banco Mundial y a la ONU, han muerto más de 250,000 personas en el conflicto; además la mitad de la población de Siria se ha tenido que desplazar, habiendo entre ellos aproximadamente 4.8 millones de refugiados en otros países.

La guerra ha causado destrucción de infraestructura dentro del país. El PIB se contrajo aproximadamente 19 por ciento en 2015 y la inflación de ese año fue de aproximadamente 30 por ciento, entre las razones se encuentran la depreciación de la libra siria, reportan cifras del Banco Mundial. Todo esto refleja una ruptura a la economía del país, su comercio internacional está técnicamente paralizado, lo cual puede traer problemas para mantener sus reservas internacionales (que deprecia aún más su moneda) y su déficit fiscal aumenta por menos ingresos y más gasto del gobierno en fuerzas militares. A esto se le suma que su producción se está viendo paralizada, y si un país no produce, no crece.

Por otro lado, está Irak, que estuvo ocupado por Estados Unidos durante varios años. Según el Banco Mundial, la inseguridad y falta de estabilidad política que dejó el conflicto han reducido la inversión y el crecimiento, donde el único sector que crece es técnicamente el del petróleo (por ejemplo, en 2015, la producción de las demás industrias se redujo en un 14 por ciento aproximadamente).

El común denominador en estas dos regiones es que las economías de esos países se han visto gravemente ‘interrumpidas’; sus recursos se dejan de usar en su máximo punto, su infraestructura está tan dañada que necesitan inversiones muy grandes para poder restablecerse, y su fuerza de trabajo, particularmente en Siria, se ha visto gravemente, y probablemente de forma permanente, reducida.

Ante esto, ¿qué pasa con los otros países que intervienen? Estados Unidos, por ejemplo, con su intervención en Irak, de acuerdo a Daniel Trotta de Reuters, tuvo un gasto aproximado (hasta el 2013) de 1.7 trillones de dólares, sin embargo, el gasto total podría aumentar a seis trillones de dólares en los próximos 40 años.

A esto se le podrían sumar los costos de re estructuración en los países afectados. Esto es sólo por una de las varias intervenciones armadas que se han tenido en las últimas dos décadas. Además, hay un aumento de costos de procesos de control migratorio y manutención de migrantes que conlleva el conflicto en los países que los refugian.

Los costos fueron mayores que las ganancias, y el gasto seguirá en aumento, ya que los conflictos perduran y la técnica de intervención no ha tenido un cambio significativo. Las personas afectadas no están solamente en las zonas de guerra, sino también en los países que intervienen. Las personas pagarán en parte esos gastos a través de impuestos, que reduce su ingreso y posibilidades de consumo; además, los países tienen que aumentar sus gastos para cubrir esos costos, y con ello crece su déficit, con lo que aumenta el peso para aplicar recursos al crecimiento económico.

La economía no es la misma que hace 70 años. La tecnología ha cambiado la productividad, y ha modificado los trabajos disponibles para la fuerza laboral. Por ejemplo, en las guerras del siglo pasado, se necesitaban más personas para producir equipo armado, transporte, administración entre otras actividades realizadas a máximo nivel durante el conflicto; pero si ahora la tecnología hace esos trabajos, la maximización de productividad de la fuerza laboral ya no se logra como antes, y eso afecta negativamente al crecimiento económico.

El coste de la guerra no es sólo humano y de valores, también perjudica el bienestar económico. Ahora más que nunca parece ser un mal negocio, además de un acto inmoral. La economía ha cambiado, por tanto nuestro enfoque para solucionar los conflictos geopolíticos también debe cambiar. A menos que queramos seguir alargando la espiral que contribuye a la disminución del crecimiento económico, desde América hasta el Medio Oriente. Porque todos los países deben crecer, y ninguno importa menos para la economía, y la paz.

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