Al Margen: Guerras que vemos y guerras que no vemos

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

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Durante todo el año pasado, muchos de nosotros seguimos con atención los movimientos de la guerra de Siria. Durante meses fue nuestro referente de guerra y masacre. La cobertura fue tan amplia que no dudo que hoy todos tengan nociones, por lo menos básicas, de lo que es el Estado Islámico, la Nación Kurda, el Frente Al-Nusra, la ideología Baath, y del balance de poderes en la zona.

Sin embargo, aparte de esa guerra tan mediática, poco sabemos de otros conflictos de igual o mayor magnitud; y muchas veces lo que sabemos es parcial, debido a las fuente por las cuales conocemos las cosas. Ahora quiero hablar de algunas de las guerras que, tal vez por suerte o por desgracia, no vemos.

Se puede iniciar hablando de la situación al este de Ucrania, en las provincias (Óblast) de Donetsk y Lugank. Estos nombres se volvieron muy conocidos durante el 2015 debido a su proceso de separación de Ucrania tras el establecimiento del gobierno postrevolucionario orientado hacia Occidente. Debido a la actividad industrial de estas provincias (llamadas en conjunto Donbáss), el gobierno Ucraniano ha llevado a cabo una guerra de reconquista que deja al año miles de muertos.

También podemos hablar de los bombardeos sobre Yemen perpetrados principalmente por Arabia Saudita, pero con intervenciones cada vez mayores de drones gringos desde septiembre del año pasado, incluyendo un ataque el 22 de este mes que dejó más de 50 hutíes muertos y que supuestamente iba dirigido a un líder de Al-Qaeda en la región. Este conflicto tiene su larga historia (como todos, la violencia se gesta desarrolla con los años, no surge de imprevisto), pero su episodio más trágico inicia desde el 2015, cuando una Coalición Árabe, liderada por Arabia Saudita inició una invasión para derrocar al gobierno Huthí rebelde, invasión que ha tenido, entre sus actos más violentos, un bombardeo a un funeral de un líder rebelde que dejó alrededor de 140 muertos y más de 500 heridos. Y aún así, a pesar de vivir su etapa más sangrienta y desigual, poco se habla hoy en día de esta guerra.

O también se puede hablar del genocidio de musulmanes en Birmania (también llamada Burma o Myanmar) que Aung San Su Kyi, ganadora del premio nobel de la paz en 1991 y jefa de gobierno de facto desde el 2015, ha permitido y perpetuado. La minoría étnica rohingya, que habita principalmente el estado de Rakhine al oeste de Birmania, y que son los descendientes de inmigrantes musulmanes de hace varios siglos, tienen una larga historia de discriminación en un país mayoritariamente budista. En el 2015 protagonizaron una migración masiva (léase huída) hacia países de la zona, principalmente Bangladesh, que llamó la atención de muchos medios y logró calmar la situación por un rato. Sin embargo, ante nuevas agresiones que se han registrado desde finales del 2016, algunas registradas en video (https://actualidad.rt.com/actualidad/227542-represion-minoria-musulmana-myanmar-policias), poco se ha dicho.

Y es sorpresivo el argumento que dice que no conocemos de estas tragedias porque nos son muy lejanas, porque surgen de situaciones distintas a las nuestras o porque como no podemos hacer nada al respecto, mejor no amargarse la vida conociéndolas. Pero a cada una de ellas se le puede hacer un paralelismo cercano: las comunidades del este de Ucrania viven una situación similar a lo que sufrieron las comunidades zapatistas a finales de los 90s, o las autodefensas de forma más reciente (aunque en éstas el proceso surge con menos referentes exteriores que en el caso de Ucrania). La situación de los musulmanes en Birmania no es muy lejana a la de los migrantes mexicanos en los EEUU; aquéllos sin reconocimiento de lege de su ciudadanía y bajo constantemente acoso, y éstos al borde de lo mismo. Los bombardeos en Yemen tienen escenario muy parecido a la guerra civil en Siria y a la intervención extranjera; sólo que de ésta si hablamos, de aquélla no.

Estas guerras nos son poco conocidas principalmente por los medios que frecuentamos. Uno podría leer los cinco periódicos nacionales más importantes, alguno que otro internacional y ver la misma información repetida, y considerarse, por esto, plenamente informado y con el panorama completo. Sin embargo, muchas veces sucede que las fuentes que utilizan son exactamente la misma, un pequeño cúmulo de agencias internacionales que en sí mismas tienen poco diferencias en su contenido (EFE, AP, APF, UPI etc.). Para combatir esta situación, recomiendo leer agencias más cercanas al lugar de los hechos (como Al Masdar o Al Jazeera en Medio Oriente) y revisar pequeñas agrupaciones que tienen contacto más directo o material de primera mano. En cada caso vale la pena buscar nuevas fuentes menos coartadas que las comunes: la importancia de los acontecimientos y el poder de conocer lo amerita.

Pero aún falta mencionar brevemente la guerra más importante para todos nosotros: la guerra civil que se libra en México desde hace poco más de diez años. Así como todas las anteriores, no hay que temer a llamarla por su nombre: guerra. La cantidad de muertos que lleva es enorme, mucho mayor a todas las que he mencionado hasta ahora (a excepción de la guerra en Siria). Pero no debe haber miedo a llamar la situación del México actual como la de un país en guerra múltiple y diversa: enfrentamientos entre narcos y el ejército, entre narcos-policías y ciudadanos-comunidades, entre narcos-policías-gobernantes y ciudadanos-organizaciones civiles, entre gobierno y periodistas, entre gobierno-empresas extranjeras y grupos ambientalistas-indígenas, entre gringos y migrantes (en pleno territorio nacional, donde se supone gozan de plenos derechos y donde no debería haber fuerzas extranjeras). Prácticamente una guerra de todos contra todos, con algunos generales que deberían ser juzgados por crímenes de lesa humanidad y traición a la patria (Calderón, Cienfuegos, Peña, etc.). Aún así, poco sabemos y hacemos algo al respecto. No lo digo como reproche, me incluyo.

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